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Mis ovejas me enseñan a mirar con amor
Los pastores de
la iglesia son los pastores del rebaño del
Pueblo de Dios.
¿Por qué es tan
importante la relación entre el pastor y sus
ovejas?
Porque si no
existe un vínculo firme es muy difícil que
las ovejas sientan el amor, la protección
y la guía del pastor y, por otro lado, el
pastor, sin ese contacto esencial, queda sin
la riqueza de su rebaño.
Es esta una
relación en donde ambas partes dependen una
de la otra: las ovejas necesitan de esa
lucecita que las guíe, las proteja y les
brinde amor. Por otro lado, el pastor
también necesita de las ovejas la riqueza
que ellas le brindan, la alegría, la
recompensa de apacentar.
Quien llega a
ser un “buen pastor” se impregna del olor de
las ovejas, porque no sólo está entre ellas,
también las abraza, las pone sobre sus
hombros, las cuida y, prácticamente, pasa el
mayor tiempo de su vida con ellas. Por su
parte, las ovejas también se impregnan del
olor del pastor, de su sudor, de su
sentimiento, de su amor y hasta de su voz.
Aprenden de tal manera el olor de su pastor
que lo olfatean desde muy lejos. Es, por
tanto, una relación muy profunda, una
convivencia en donde existe la entrega
mutua.
El buen pastor
es aquel que vive por los que han sido
puestos a su cuidado; es aquel capaz de
entregar su vida para asegurar el amparo, la
felicidad y todo aquello que necesite su
rebaño; en especial las ovejas más débiles.
Jesús tomó esta
imagen y se llamó a sí mismo Buen Pastor
porque constantemente (antes y ahora)
(mañana y siempre) carga sobre él las
debilidades de la vida humana. Carga con
nuestros pecados, se impregna de nuestro
“olor” para que nosotros podamos encontrar
en Él, refugio y esperanza.
Hoy, surge de
mi interior un profundo deseo: ojalá que la
Iglesia, a lo largo y ancho de la tierra,
tenga muchísimos sacerdotes, obispos,
cardenales y Papas que manifiesten con su
vida esta hermosa imagen de Jesús como Buen
Pastor; que sólo piensen en construir el
camino correcto para que cada uno de
nosotros viva dignamente, con felicidad y
paz.
¡No es fácil!
El mundo en que vivimos está lleno de cosas
negativas que nos rodean: poder, mentira,
odio, venganza... Ser sacerdote, pastor del
rebaño del pueblo de Dios, es una vocación
muy exigente.
La historia que
voy a contarles está basada en un hecho de
la vida real.
En cierta
ocasión, los dirigentes de un gobierno
eligieron como primer ministro a un pastor
de ovejas, un hombre sabio, de campo, para
que se encargara de la administración del
país.
Al ser elegido
dijo este hombre sencillo y humilde, dijo a
sus superiores: “Jamás ha existido en mí la
ambición de ser Ministro pero, como me piden
que lo sea por el bien de mi país, me haré
cargo de esta responsabilidad. Sólo pido
algo personal: poseo un pequeño campo y
quisiera seguir teniendo en él a mi rebaño”.
Fue tanta su insistencia que, a pesar que
aquel país tenía leyes humanas muy rígidas,
se lo permitieron.
La
administración que llevó a cabo fue un éxito
total. Frecuentemente, cada vez que sus
responsabilidades se lo permitían, llegaba
hasta su pequeño campo para estar con sus
ovejas. Se vestía como pastor y pasaba
largas horas en medio de ellas.
Como siempre
ocurre, no faltó quien lo criticara
diciendo: “Seguramente, está escondiendo
algo en ese campo”. No pasó mucho tiempo
para que... quienes lo habían elegido,
entraran al lugar para sorprenderlo, para
observar qué hacía allí durante tantas
horas.
Lo vieron
tranquilo, sentado en medio de sus ovejas,
tocando una melodía pastoril en una flauta.
Le preguntaron:
“¿Qué hace aquí? Ocupando un cargo tan
importante como el que ocupa, ¿a qué viene
aquí?”. Respondió: “Vengo a estar con mis
animales, a jugar y a compartir tiempo con
ellos. Es aquí, en medio de mi rebaño, donde
encuentro paz y tranquilidad. ¿Cómo podría
encontrarla en el lugar en que me han
designado? Allí sólo me rodean las ansias de
poder, la zozobra, el desengaño. Entre mis
ovejas me encuentro feliz y puedo recuperar
fuerzas para continuar con mis
responsabilidades, para responder al pueblo.
Cada vez que
miro los ojos de mis ovejas más débiles, de
las más pequeñas y enfermas, encuentro las
respuestas que busco. Ellas me enseñan que
gobernar significa reconocer a los más
débiles, acercarme a los más pobres, a los
más necesitados; entender a los que me
rodean desde las lágrimas de los que sufren,
brindar afecto y amor. Las personas que me
acompañan en mi puesto de trabajo, están
confundidas, nada saben de esto y, a muchos,
nada les interesa saber. Ellos sólo miran a
partir de los ojos del orgullo y el egoísmo.
Mis ovejas me enseñan a mirar con amor, a
compartir mi vida a través del servicio.
Y ustedes me
preguntan ¿a qué vengo aquí?. “Vengo a
impregnarme del olor de mis ovejas para
poder pastorear a mi pueblo”.
Todos sabemos
que en el mundo en que vivimos, hacen falta
hombres que sean capaces de renunciar a sí
mismos para poner en práctica las enseñanzas
de Jesús. “La mies es mucha los trabajadores
pocos”.
Esta noche
cuando, alejados del ruido del mundo,
hagamos nuestras oraciones para agradecer el
día vivido, pidamos a Dios que nos envíe
muchos sacerdotes, muchos pastores, y que
cada uno de ellos tenga ganas de vivir como
el hombre de la historia que les relaté:
compartiendo con sus ovejas el dolor, las
lágrimas, el sudor... Para que, de esta
manera, forme parte de su rebaño, para
dirigirlo, para guiarlo hacia los mejores
pastos, y así, juntos y encaminados por
Dios, encuentren la esperanza.
Nuestro
ministerio está impregnado de algo muy
importante: Ser imagen de Jesús y llevar
esperanza a un pueblo que espera, no a
través del poder o del orgullo sino, con el
amor de Dios.
Pidamos, con
infinita fe, para que nuestro pueblo tenga
muchos hombres que deseen dedicar su vida a
ser pastores de la Iglesia; que tengan las
cualidades, y logren transmitir la imagen,
que el mismo Jesús dejó para guiar al Pueblo
de Dios.
Padre
Ignacio Peries |